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Espectáculo de marionetas 
El hechizo de los títeres
En un pequeño teatro de fantasía, tres personas se pierden en tres figuras. Son los intérpretes, fundidos en los personajes que viven por sus manos, moviendo apenas algunos hilos. MYRIADES 1 acudió a una obra de la compañía de teatro de figura El Mal Menor, una presentación mágica y cautivante.
En menos de un metro cuadrado pasa de todo. Un dragón sobrevuela a un príncipe. Un grupo de fantasmas ocupa la casa de una niña. Un joven con los ojos vendados besa el trasero de un burro, engañado por su amada.
No hablamos del país de los duendes, ni de una aventura protagonizada por algún pariente de Nelson, el hombre más pequeño del mundo. Tampoco es verdad que el Príncipe, la Niña, el dragón o el burro hayan probado la célebre pastilla de Chiquitolina. Se trata de personajes de una obra de teatro de figura. En otras palabras, son títeres. Más aún: son los protagonistas (si cabe aplicar la palabra a un objeto) de La Niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, comedia que se representa los domingos en el Museo Argentino del Títere (Piedras 905).
La historia pertenece nada más y nada menos que a Federico García Lorca, quien se basó en un viejo cuento andaluz para escribirla. Luciano Padilla López, director de la puesta y también intérprete, relata a MYRIADES 1: “La primera vez que la obra se representó fue en 1923, el día de Reyes, en la casa del propio García Lorca”. El autor movía al personaje del Príncipe, mientras que su hermana manipulaba a Irene, la niña que riega la albahaca. La versión original se perdió. Según cuenta Luciano a MYRIADES 1: “Todo hace suponer que el texto de La Niña… que se conserva, sólo documentaría un estadio primitivo de la obra, o bien consistiría en una reconstrucción basada sobre los recuerdos de los hermanos de García Lorca”.
El argumento consiste básicamente en una sucesión de burlas, desafíos y engaños. Pero ojo, nada que ver con Nueve Reinas ni con los culebrones de las tres de la tarde. Se trata, eso sí, de una historia de amor. El puntapié inicial lo da el Príncipe. Éste le pregunta a Irene: “Niña que riegas la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?”. Es que Irene se la pasa regando la albahaca, pero no es ninguna tonta. Y le retruca con otra pregunta: “¿Quiere saber cuántas estrellas tiene el cielo?” El Príncipe consulta con su fiel compañero Urbino, pero ninguno de los dos tiene la más pálida idea.
Cada vez que el galán de sangre azul y rostro de Parsecs intente acercarse, la Niña le repetirá la pregunta, regadera en mano. Entonces no queda otro remedio: el Príncipe se disfraza, y logra robarle unos besos a su amada, a cambio de unas uvas. La Niña decide vengarse del engaño, y entonces comienza una espiral de burlas que incluye fantasmas, dragones y magos.
“Veeeendo cuentos… veeeendo cuentos”, arranca diciendo Polichinela al principio de la obra. Se trata de un personaje con un extenso prontuario en la historia del teatro, desde la Comedia del Arte italiana, en el siglo XVI. Este Polichinela, como el tradicional, aparece vestido de blanco y con un gorro puntiagudo. Pero se diferencia por un pequeño detalle: mide menos de 40 centímetros. Su rol consiste en presentar la narración, en “vender” ese cuento a un público que incluye chicos en edad preescolar, adolescentes, adultos y ancianos.
Todo ocurre en un teatrino de 120 por 75 centímetros. Los títeres son movidos a través de varillas; arriba de los decorados se ven las manos y las cabezas de los tres intérpretes. Y sin embargo, uno no deja de compenetrarse con el argumento. Como si en cada función se cumpliera el deseo de Gepetto: las marionetas adquieren vida. Aunque las caras de los muñecos permanezcan inmutables, los movimientos y las voces alcanzan. Cuando el Príncipe se enferma “de pena y melancolía” por el rechazo de la Niña, resulta imposible no creerlo, porque su voz es pura pena, y todo su cuerpo diminuto, su cabeza, sus brazos, son melancolía.
En este sentido, habría que destacar no sólo el trabajo de los tres intérpretes (Fiorella Scigliano, Machi Romero y Luciano Padilla López), sino también la iluminación y la música. Luciano explica a MYRIADES 1 que “el criterio para la selección de la música incidental es más bien ecléctico. Incluimos melodías populares de fines de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, y también algunas piezas de música étnica”.
Además, los personajes cantan fragmentos de canciones populares españolas, como la que entona la Niña mientras riega la albahaca: “Con el vito, vito, vito / con el vito, vito, va…”. Todo esto, junto con los decorados y la variedad de los vestuarios, imprime a la obra un colorido que la vuelve magnética.
Alguno podría pensar que los espectáculos de títeres son cosa de niños. Y otro podría responderle que precisamente por eso valen la pena. Es cierto, hay algo de infantil en el juego que proponen los títeres. Pero una vez que se produce la magia, una vez que las marionetas se convierten en el Príncipe o la Niña, todo el mundo queda cautivado hasta el final de la historia.
Como en Cenicienta, la magia no es eterna. Cuando termina la función, la carroza vuelve a ser calabaza, y los muñecos quedan colgados detrás del escenario, esperando a que las manos y las voces de quienes los manipulan vuelvan a darles vida. Sin embargo, no son pocos los que aseguran que, a la noche, cuando el Museo está cerrado y sin gente, adentro se oyen voces. Las voces de estos personajes de madera, de plástico o de tela, que no se resignan a vivir sólo unas horas por semana.

Alfredo Dillon

La Niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.
Compañía de teatro de figura El Mal Menor.
Versión libre para marionetas y figuras planas a partir del texto de Federico García Lorca y variantes de la leyenda popular.
En el Museo Argentino del Títere (Piedras 905, esquina Estados Unidos).
Funciones todos los domingos a las 16:00 y 17:30 hs.
Entrada: $5

Publicación: Septiembre 2006
 
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