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La nueva generación y la lectura 
¿Los chicos ya no leen?
Cybers poblados de adolescentes que juegan en red, chats, dvd, cd-rom interactivos, cine y televisión... ¿Se ahoga el libro inmóvil en este mar fragmentario, dinámico y visual de las nuevas generaciones? ¿Nos ofrecen las nuevas tecnologías otra forma de lectura? Escritores, editores e investigadores nos ofrecen su mirada.
Por Malena Sánchez Moccero 

Quién no tiene un abuelo que, algo preocupado y enfurecido, dice que los jóvenes ya no leen. “Antes se leía mucho más, ahora nadie lee nada”; y somos todos unos ignorantes analfabetos. Y no sólo los abuelos sostienen afirmaciones como estas. ¿Tienen fundamento estas opiniones pesimistas y nostálgicas?
Los índices de lectura han bajado. El 52% de los argentinos no leyó ningún libro en todo el 2004 y el 61,9% de quienes dijeron haberlo hecho no podía recordar el nombre de ningún autor, según revela una encuesta de la Secretaría de Medios de Comunicación del gobierno nacional argentino.
Los medios audiovisuales y las nuevas tecnologías nos rodean, nos invitan, nos seducen.
Parece raro dejar las manos quietas mucho tiempo sosteniendo un libro, más raro aun que nuestras pupilas se deslicen en forma renglón tras renglón, página tras página, sin saltear un solo detalle.
“Dentro de esta cultura fragmentaria, hay una necesidad de simultaneidad”, afirmó a MYRIADES 1 la directora del Centro Blas Pascal de Informática Educativa, la Licenciada Ana María Andrada. “Nadie mira un programa de televisión completo, nadie hace una sola cosa a la vez”, comenta. Es que las personas si no hacen muchas cosas a la vez –casi siempre esto incluye a la tecnología– sienten que pierden el tiempo, resalta Andrada.
Existen además muchas otras ofertas para destinar nuestro tiempo de ocio. Así piensa Teresita Valdettaro, directora editorial de Aique Larousse. “Creo que a partir de la televisión, del cine, de todas las tecnologías que apelan tanto a la imagen, disminuye la lectura porque la persona tiene muchas más alternativas que antes para su tiempo libre”. Valdettaro, que también es asesora de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cree que ante tanta abundancia de opciones tentadoras, “la literatura queda relegada, y se ubica en el lugar de la obligación: el colegio”.

¿Desaparece el libro?
Frente a esta condición humana posmoderna, frente a los avances tecnológicos, ¿se acerca la muerte del viejo objeto que entretuvo a tantas generaciones con sus páginas llenas de caracteres?
“El libro no está en vías de extinción frente a la tecnología. Simplemente conviven”, piensa Susana Itzcovich, profesora en Letras, periodista, investigadora y crítica de literatura infantil y juvenil. “El placer de hojear un libro y ver la letra impresa en una edición cuidada no se reemplaza frente a la computadora”, dice Itzcovich, que también es presidenta de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA).
El escritor de literatura juvenil Pablo de Santis tampoco se une a los apocalípticos que declaran la extinción del libro tradicional. “Cuando nací, la televisión ya existía en todas las casas y, sin embargo, se iba al cine bastante más que ahora: las distintas disciplinas conviven sin desaparecer”. “El libro es de una absoluta practicidad manual, y cuando es usado por un lector entrenado permite una enorme velocidad de búsqueda”.

Cambian las formas de lectura
Eran otros tiempos. Alrededor de 3 mil años antes de Cristo, un hombre –un sumerio o un egipcio, continúan las dudas sobre el lugar de origen– se expresó mediante símbolos en una tableta de arcilla. Varias civilizaciones antiguas comenzaron a plasmar signos en soportes como arcilla, marfil, papiro. A partir de entonces se fue conformando el libro, hasta llegar a la actualidad, donde pareciera que su evolución no se detiene.
“En la actual cultura audiovisual y fragmentaria, los chicos ven al mundo de otra manera, tienen otro modo de correlacionar los conceptos, y por lo tanto otra concepción de la escritura y la lectura”, piensa Andrada y destaca con optimismo: “Creo que los chicos sí tienen interés en leer y en escribir. Hay que atender a estas nuevas concepciones que ellos tienen del mundo”.
Internet es uno de los factores que han moldeado esta nueva concepción. Por eso María Fernanda Macimiani creó el sitio web educativo y literario Léeme un cuento, para que la lectura pueda acercarse al niño desde Internet. Ella es escritora infantil y diseñadora web, y cree que cuando los chicos “acceden al mundo virtual, se abren las puertas de la lectura en pantalla”.  La escritora cree que “tanto el chico que le gustan los deportes, como los animales, las artes, puede leer en un CD-ROM o en una página web sobre el tema, ver fotos y videos, intercambiar opiniones con autores, con otros niños apasionados por los mismos temas, pedir información, suscribirse a boletines con noticias actualizadas; para todo esto ‘tiene que leer’”. Además, destaca una condición importante: “los chicos se sienten libres en su PC, y leen sin el esfuerzo que les provoca tantas veces la lectura de un libro, exigida por la escuela”.
Además de un modo de entretenerse, Internet es una gran herramienta de búsqueda de información. Valdettaro cree que la Red remplaza los libros principalmente como fuente de información. “Lo que antes buscaban en una enciclopedia, un diccionario, un Atlas, ahora lo leen directamente de Internet” afirma y destaca que la Web hace más masiva y accesible la información.

La metamorfosis del libro
Frente al cambio en el modo de lectura, las editoriales buscan responder. Como cuenta Valdettaro, “en la editorial nos vimos obligados a aplicar recursos más visuales”. El libro se volvió en un objeto “más complejo, más interactivo, más llamativo; con una mayor injerencia de la diagramación y del diseño”. Macimiani nota en los textos escolares los cambios que resalta Valdettaro. “Están muy adaptados a los nuevos niños, y basta con mirar su diseño, la integración entre diferentes temas relacionados, las ilustraciones y la posibilidad de que ellos ejerciten, respondan o jueguen con el tema de lectura”.
Andrada también destaca el esfuerzo de las editoriales de todo el mundo. Además de las ilustraciones, los libros tuvieron otros cambios. “Se ha sacado al libro de sus dos dimensiones y colocado en una tercera dimensión que es la ingeniería de papel: libros con cajones, proyectos de murales, con materiales distintos...” Un ejemplo interesante es un libro sobre los egipcios, que contiene planchas de jeroglíficos, un papiro de verdad, y un entintador. Cada lector arma su jeroglífico y lo tiene que entintar. “Así el chico está aprendiendo sobre los egipcios y está atravesando la cultura con todo un accionar propio”.
Ahora bien, ¿estos libros novedosos siguen siendo un modo de lectura? Andrada asegura que sí: “Implica otra forma de leer, porque hay una verdadera construcción del conocimiento y además tiene un relato, que en general es multidisciplinario”.
La tecnología –junto a otros factores– modifica la manera en que las personas enfrentan los textos escritos, advierte Andrada. Pero a la vez la tecnología posibilita que los textos se modifiquen ante las nuevas prácticas de lectura. “La tecnología enriquece al texto”, dice Andrada y cita ejemplos como libros con software y los CDs de museos, gracias a los cuales los usuarios de PC ven los cuadros como en una visita guiada, sin moverse de su asiento. Según Valdettaro, “no sólo posibilita una injerencia de la imagen, sino que también gracias a ella se introducen nuevos materiales, se aceleran los tiempos de producción, se abaratan los costos, y esto permite que el libro pueda llegar a más gente”.

¿Perjudica la avalancha de la imagen?
Cuando la imagen no es complementaria, sino sólo imagen; cuando en vez de leer las palabras e imaginar, el chico ve directamente dibujos, ¿no se limita su capacidad de abstracción? ¿Terminaremos convirtiéndonos en ese “Homo videns”, que describió el pensador Giovanni Sartori? Un hombre acostumbrado a ver imágenes, e incapaz de abstraer conceptos a partir de un par de letras.
Ninguno de los entrevistados acordó con Sartori. Itzcovich, al igual que Andrada, no cree que los chicos pierdan su capacidad de abstracción por el predominio de imágenes. “El predominio de la imagen en los libros para los más chicos es una ventaja importante, porque aprenden otra lectura, la lectura de la imagen”, dice Itzcovich.
Valdettaro piensa que las imágenes no deberían competir con el texto. “En un manual escolar, por ejemplo, redactar una experiencia y además agregar la foto enriquece el texto”, y agrega “es un uso didáctico el que estamos haciendo de la imagen”. Valdettaro se refiere, por supuesto, a la utilización lógica y equilibrada de la imagen.
Macimiani agrega: “una vez que los chicos toman el gustito por la lectura, inician la búsqueda de lo que ellos quieren leer. Saben que en la lectura hay mucho por descubrir y ya no es indispensable el diseño o lo gráfico”.

El problema está en la educación
Como suele ocurrir durante procesos prolongados, no existe una sola causa aislada que determine un cambio en las prácticas de lectura o en la producción de un libro.
En cuanto a los bajos índices de lectura, Teresita Valdettaro cree que el problema no aparece con las nuevas tecnologías, sino que tiene un trasfondo más profundo. “Cuando daba clases en séptimo grado, en una escuela privada de la ciudad de Buenos Aires, mis alumnos no podían leer de corrido”, cuenta. La poca capacitación de los maestros, sus bajos salarios, la despreocupación de los padres: “hay muchos factores”, suspira Valdettaro. “Si el chico no puede leer de corrido, no puede encontrar placer en ninguna lectura; y ahí sí la televisión, el cine, Internet, los jueguitos son muchos más sencillos y cómodos”, concluye.
Andrada atribuye ese cambio de las prácticas de lectura a la actual cultura fragmentaria y visual y señala la ausencia de un espacio donde se articulen todos estos fragmentos. Ella cree que las instituciones educativas deberían dar cabida a esas experiencias y propiciarlas en sus proyectos.

Publicación: Diciembre 2006
 
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