Por Alfredo Dillon
El martes 6 de marzo de 2007 murió Jean Baudrillard en su casa de París. Fue un hombre difícil de clasificar: entre la sociología, la filosofía y el análisis de los medios de comunicación, Baudrillard prefería denominarse a sí mismo "pensador", a secas. Se lo considera uno de los representantes fundamentales del posmodernismo y del posestructuralismo, aunque rechazara este tipo de encasillamientos. "He intentado escapar a todo tipo de definiciones", reconocía en una entrevista con el diario español La Vanguardia. Eso no excluía una actitud nihilista y agnóstica. En sus análisis de la cultura mediática aflora una crítica feroz pero sutil. Para Baudrillard, la virtualidad creada por los medios construye una sensación de hiperrealidad en la conciencia. Lo hiperreal surge de la interacción entre lo real, lo social y lo simbólico, de modo que el simulacro termina remplazando lo real. En uno de sus artículos, Baudrillard cita el texto de Borges "Del rigor en la ciencia". Allí el escritor argentino imagina un imperio donde la cartografía ha alcanzado un desarrollo tal, que el mapa del imperio coincide punto por punto con su territorio. El filósofo francés afirma que vivimos dentro del mapa, no del territorio. Y aun más: resulta imposible distinguir uno del otro. En eso consiste el "crimen perfecto" que da título a una de sus obras: nada más y nada menos que el asesinato de la realidad. Lo único que queda es el simulacro. Los términos se invierten: "El hiperrealismo de la simulación se expresa en todas partes por la impresionante semejanza de lo real a sí mismo", escribe en Simulacros y simulación (1981). "En el mundo posmoderno no hay realidad, no hay historia, sino un simulacro de la realidad y la negación de la historia", advierte. Los medios de comunicación transmiten una cuota diaria de actualidad desvinculada de la historia. Hay quien asocia las ideas de Baudrillard con la película Matrix, donde el mundo que todos consideran real es creación de un poderoso simulador. Para el filósofo, ese simulador serían los medios de comunicación. En el marco de estas reflexiones, Baudrillard afirmó que la Guerra del Golfo nunca ocurrió, al menos para el conjunto de individuos que supieron de ella por medio de la televisión. El conflicto entre Estados Unidos y Saddam Hussein, afirma Baudrillard, sólo existió en un nivel simbólico. Ni el enemigo fue derrotado ni los triunfadores ganaron. En este sentido, la sentencia de Clausewitz de que "la guerra es la política por otros medios" se volvía para Baudrillard "continuación de la ausencia de políticas por otros medios". Por el contrario, la caída de las Torres Gemelas representó para el pensador francés un "evento absoluto". El evento puro y primero, que rompió con la "huelga de los eventos" (expresión tomada de Macedonio Fernández) que, para Baudrillard, caracteriza a la década de 1990. "Realidad y ficción son inextricables, y la fascinación del atentado es ante todo la de la imagen", escribe en El espíritu del terrorismo (2002). "La imagen consuma el evento, en el sentido de que lo succiona y lo entrega como artículo de consumo. Ciertamente le brinda un impacto inédito hasta nuestra época, pero sólo en cuanto evento-imagen". Y termina preguntándose: "¿Qué pasa con el evento real, si en todas partes se diseminan la imagen, la ficción, lo virtual?" Baudrillard sostiene que el 11 de septiembre de 2001 el World Trade Center se transformó en el escenario donde la globalización se combatió a sí misma. Las Torres, entonces, "se caen por su propio peso", como consecuencia de un quiebre que "desborda ampliamente al Islam y los Estados Unidos, sobre los que se intenta focalizar el conflicto para dar la ilusión de un enfrentamiento visible". El 11-S constituiría una reacción "simbólica" frente a la constante expansión de un mundo basado únicamente sobre el intercambio comercial. "Se ha pretendido reducir el Islam a un asunto ideológico, pero no tiene que ver con nada de eso. El Islam es la contrapartida más fuerte al sistema integrista de valores occidentales. Lo esencial es que debe respetarse la globalización y lo singular. El sistema occidental de valores humanistas es tan sólo una ilusión. Por eso somos tan víctimas como los otros", señalaba el pensador contra la tesis del choque de civilizaciones. Un outsider posmoderno Jean Baudrillard nació en Reims, al noreste de Francia, el año 1929, en el seno de una familia de campesinos. "Mis padres estaban fuera de la cultura y mi emancipación fue gracias a los libros", confesó una vez. Se proclamaba "alérgico a la Cultura con mayúscula". Estudió filología germánica en La Sorbona; luego ejerció como profesor de alemán y tradujo a Marx, Hölderlin y Bertolt Brecht. En 1966 concluyó su tesis doctoral, El sistema de los objetos, bajo la dirección de Henri Lefebvre. Militó contra la guerra de Argelia y en el Mayo Francés; pero después se "transpolitizó", según él mismo afirmaba, y se dedicó a la escritura. Inició su trayectoria intelectual en las arenas del marxismo, aunque paulatinamente fue derivando hacia el posmodernismo, en tanto pensamiento desencantado de los "grandes relatos" a los que se refiere François Lyotard. En esta segunda etapa, la obra de Baudrillard se vuelca más hacia los temas de actualidad. Aunque muchos lo consideran "el sumo pontífice de la posmodernidad", Baudrillard rechazaba incluso el concepto de "lo posmoderno": "Es una expresión que no explica nada; todo lo que había que decir fue dicho antes de que el término existiera", sostenía. Se ganó el rechazo de los marxistas cuando decretó la "muerte de las masas". Poco tiempo después escribió Olvidar a Foucault (1977), y puso en su contra a casi toda la intelectualidad francesa. También detractor de Fukuyama, el lugar que Baudrillard elige para sí mismo es el de outsider. "Busco un punto de vista singular y para ello me sitúo en un islote de indiferencia, sin acción, sin ocupación, un exilio interior que puede implicar cierto aburrimiento", afirmaba en 2004. Además de la realidad virtual, la sociedad de consumo y la cultura mediática, a Baudrillard le interesaba la reflexión moral. Para él, la línea divisoria entre lo que denominamos "bien" y "mal" casi nunca está del todo clara. "El exceso de bien produce mal, y viceversa", sostenía. "Se considera el Mal, metafísicamente, como rebaba accidental; pero este axioma, del que proceden todas las modalidades maniqueas de la lucha entre el Bien y el Mal, es ilusorio. El Bien no reduce el Mal, tampoco viceversa: son irreductibles el uno al otro", explica en El espíritu del terrorismo. Provocador, controvertido e inclasificable, para Baudrillard pensar era una forma de riesgo. Una expresión suya publicada por Le Monde resume esa idea: "La cobardía intelectual se ha convertido en una verdadera disciplina olímpica de nuestro tiempo". Contra esa cobardía escribió Baudrillard, un "pensador" valiente de este mundo hiperreal. |