Por Malena Sánchez Moccero “Las montañas de residuos comenzaron a desmoronarse. Avanzaron por las calles como un aluvión, convirtiendo en basura todo aquello que atrapaban en su marcha (...) Los pobladores de Buenos Aires prefirieron no salir de sus casas (...) Desde entonces la basura comenzó a crecer tanto en los interiores como en las calles. Ambas corrientes se unían en puertas y ventanas con un siniestro sonido de deglución. Este beso de la basura anticipaba nuevos y crecientes ciclos de reproducción”. Bernardo Kordon presentaba este paisaje de ficción en su cuento “La última huelga de los basureros” con otras intenciones; pero en nuestros días bien puede ser un recordatorio burlón de las consecuencias de nuestra actitud más habitual frente a los residuos. Día a día, silenciosamente, aportamos nuestra cuota. Activamos un pedal y, cuando la tapa se levanta, arrojamos cualquier tipo de objeto ya innecesario: puede ser un envase de yogur, unas pilas, una cáscara de banana. Todo terminará acumulado, mezclado, oculto en ese tacho. Más tarde, sacamos la bolsa y despedimos para siempre la basura del hogar. Lo que pocos conocen y todos parecemos olvidar es su recorrido posterior. En la ciudad de Buenos Aires, una flota de camiones recolecta la basura y la lleva a los rellenos sanitarios de la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (ceamse). En otras ciudades, los desechos terminan en basurales a cielo abierto. En la Argentina y en el mundo “hay muy poco tratamiento de los residuos”, dice a MYRIADES 1 Nicolás Schifman, miembro de la Campaña contra la Contaminación de Greenpeace. “En algunos lugares la basura se abre, se clasifica y se entierra en el relleno lo que no se puede reciclar y los materiales que tienen cierto valor económico se conservan. Pero es mínimo lo que se está haciendo”. El relleno sanitario es una depresión en el terreno con una membrana inferior, un sistema de recolección de líquidos, de recolección de gases, y una cobertura. Según advierte un informe de Greenpeace Argentina sobre rellenos sanitarios, todos estos elementos no necesariamente están presentes. La falta de alguno de ellos vuelve contaminante a este sistema. “La mayor parte de los rellenos fracasan porque son malos diseños y no cumplen con las condiciones básicas”, dice a MYRIADES 1 Miguel Rementeria, presidente de la Comisión Interdisciplinaria de Medio Ambiente (cima), organización no gubernamental ambientalista. “No siempre está la capa impermeable, ni la instalación para los líquidos lixiviados –ese líquido negro oloroso que se desprende de los rellenos–, ni las cañerías perforadas para captar el gas metano”, agrega Rementeria. “En la ciudad de Buenos Aires, casi todos han superado el límite del volumen de residuos que pueden ser enterrados. Entonces, la capa permeabilizadora deja que el agua y los lixiviados se filtren y provoca contaminación y enfermedades”, afirma Schifman. Además, el relleno emite metano, “uno de los gases de efecto invernadero más contaminante”, agrega el miembro de Greenpeace. El asunto se vuelve polémico cuando se suman más voces. Norma Sbarbati Nudelman, doctora en Ciencias Químicas, del Departamento de Química Orgánica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (uba) e investigadora del conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) dice a MYRIADES 1 que el metano puede usarse como energía, que “un relleno puede tener sus problemas; pero no se puede generalizar” y concluye que “es una alternativa no contaminante”. La profesora Viviana Cyras, licenciada en Química y doctora en Ciencias de los Materiales afirma que “si están bien hechos, los rellenos no contaminan”. En cuanto al gas metano emitido por los rellenos, este puede transformarse en energía, pero también ser un gas sumamente contaminante. “Una tonelada de metano contamina veintitrés veces más de lo que aporta una tonelada de dióxido de carbono al efecto invernadero”, afirma Schifman. Pero Nudelman vuelve a disentir: “El tratamiento de la basura no tiene nada que ver con el calentamiento global”, afirma. Todos coinciden en que los rellenos son una alternativa preferible a los basurales a cielo abierto. En estos últimos, “los residuos orgánicos se mezclan con los tóxicos y al estar expuestos a la lluvia, todo se mezcla y se filtra en las napas, contaminando el agua”, describe Schifman. Otra de las formas de deshacerse de la basura es quemarla. Pero la incineración de residuos origina nuevos problemas ambientales y sanitarios. “Genera gases y contaminación”, afirma Cyras. A pesar de sus diferencias, los entrevistados acuerdan en la profunda carencia de visión a largo plazo. La pregunta latente es por cuánto tiempo podremos ignorar nuestros propios desechos. No hacernos cargo de ellos. Separación de residuos Una desventaja de cualquiera de las alternativas de tratamiento es la mezcla. Lo orgánico que podría degradarse de modo inofensivo para la tierra se mezcla con lo inorgánico y se convierte en sustancia contaminante. Sería, por lo tanto, un gran paso separar ambos tipos de basura. “Eso se hace en muchos lugares del mundo y no es costoso”, afirma Nudelman; “basta con que en cada casa separen papeles, plástico, vidrio, que son reciclables, de la materia orgánica que va al relleno”. En cuanto los sólidos recuperables, en la Argentina hay sistemas informales (como los “cartoneros”, algunos asociados en cooperativas) de clasificación de la basura y venta del material reutilizable. “Hoy el que está garantizando esta diferenciación no es el gobierno; pero el ciudadano puede ponerse en contacto con los recuperadores y coordinar para entregarle los materiales”, afirma Schifman. En cuanto a lo orgánico, desde cima, Rementeria sugiere transformar la materia orgánica en energía mediante los biodigestores. Esos microorganismos “se alimentan con la parte orgánica, generan metano que se capta en un gasómetro y después se convierte en energía eléctrica y térmica. La térmica sirve para calentar los biodigestores y la eléctrica para iluminar la propia planta; y además, según la magnitud, podría venderse a un barrio vecino”, explica Rementeria. Otro negocio derivado del tratamiento de residuos es la venta de bonos de dióxido de carbono. Los emprendimientos no contaminantes pueden vender bonos a empresas que necesitan bajar su índice de emisión de CO2, según lo establece el Protocolo de Kioto. “Es un gran negocio, porque los grandes emisores de gas de efecto invernadero Tienen dos opciones: reducir su industria –eso disminuiría su producción–; y otra, comprar bonos a proyectos que no emiten dióxido de carbono. Así, descuentan parte de lo que ellos emiten”, explica Rementeria. Basura Cero El reciclaje se hizo moda en los noventas. Lecciones para hacer papel reciclado, artesanías con latas de gaseosas, y otros tantos recursos se volvieron más frecuentes; pero no un hábito, ni son suficiente para evitar el derroche y la acumulación de basura. “El reciclaje no siempre es la solución, a veces se gasta más energía en el reciclaje de lo que se ahorra”, afirma Cyras, profesora de Química en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Mar del Plata. “En el caso del plástico, el producto reciclado es de menor calidad y no sirve para envasar alimentos”, agrega. Una alternativa en la que está trabajando Cyras como investigadora asistente del conicet es el uso del polímero biodegradable, que remplazaría al plástico con la ventaja de que luego se degrada sin dejar rastro. “Con los biodegradables se intenta imitar las propiedades de los materiales que se usan actualmente, para remplazarlos y después, llevarlos al compost, donde desaparecen. Pero no todas las prestaciones se pueden remplazar y, por eso, el reciclaje tiene que complementarse con otras acciones”, concluye Cyras. Esa es también la opinión del movimiento internacional Basura Cero, el cual sostiene que se necesitan, además del reciclaje, cambios en el diseño y en la producción para eliminar por completo la basura y evitar métodos contaminantes como la incineración y los rellenos sanitarios. Este planteo se presenta en el informe “Agenda ciudadana hacia Basura Cero” de GrassRoots Recycling Network, red estadounidense que trabaja para reducir la generación de basura y lograr una producción y consumo sustentables. Este movimiento aborda el problema de los residuos desde una perspectiva integradora. Propone quebrar la linealidad de la cadena de producción actual y, al tomar en consideración las distintas consecuencias de la producción fabril, dejar de pensar únicamente en productos. Así, asigna responsabilidad a las industrias. “Los ciudadanos que se encuentran con desechos y objetos que no pueden reutilizar, reciclar o compostar deben demandar que la industria deje de producirlos”, dicen. Se busca un cambio cultural del concepto mismo de residuo. “Basura Cero requiere un cambio de mentalidad. Tenemos que pasar del objetivo de deshacernos de la basura a uno que asegure procesos de fabricación de productos con un uso sustentable de materiales”. Muchos países del mundo, como Nueva Zelanda, Australia y algunos estados de Estados Unidos fijaron un marco legal para esta idea; pensado en función de ella, pero no siempre respetado. Mugre bajo la alfombra Sin embargo, la duda persiste: ¿lograremos algún día diluir el concepto de basura y transformar lo que es residual para un proceso en un producto o elemento útil para otro? Como toda problemática inserta en realidades complejas, el tratamiento de los residuos involucra distintas variables. Desde Greenpeace, se resalta la responsabilidad del gobierno, que “debe garantizar la recolección diferenciada. Esos residuos son preseleccionados, vendidos y vueltos a insertar en el mercado gracias a las empresas que se dedican al reciclaje”. Por su parte, Schifman cree que las autoridades no están dispuestas a cambiar el actual sistema. “El Estado cobra al municipio por tonelada de basura sin tratar y sabe que lo hará todos los días, todo el año”, señala. Sin embargo, la clasificación de los residuos y su tratamiento integral presenta además ventajas económicas. “Puede haber beneficios para quienes separan los residuos, como reducción en las tasas municipales y penalidades en el caso contrario”, ejemplifica Schifman. Pero para que el Estado adopte alguna medida frente al problema de la basura, los ciudadanos deben ejercer presión. Rementeria, de la ong ambiental CIMA, cree que la sociedad todavía no tomó conciencia de los efectos contaminantes de nuestro modo de vida. “Sólo la tienen los que se perjudican directamente por estar muy cerca del basural; el resto de la ciudad se despreocupa cuando saca la bolsa a la vereda”, afirma. Un cambio en el concepto de basura –su desaparición, si los materiales y objetos que ya no usamos podrían usarse con otros fines– implicaría que la sociedad cambie un hábito muy arraigado y alimentado por la publicidad: el consumo constante, el “usar y tirar”. El psicólogo social Alfredo Moffat ve lejana la desaparición de la basura y no percibe un cambio en su concepto. “No está cambiando porque no se procesa la basura como a otra cosa, sigue siendo basura”, dice. Además, Moffat no cree que la sociedad esté preparada para esta transformación: “Nadie se asombra de alguien que tira un papelito. No tenemos criterios de orden, de organización, de nada, somos muy primitivos y desorganizados”, afirma el director de la Escuela de Psicología Social, quien considera que la acumulación y despreocupación de la basura traduce “el maltrato del otro, una cultura donde no se respeta ni cuida al otro”. Por otro lado, Juan Manuel March, antropólogo especialista en temas ambientales, piensa que la sociedad pide un cambio aunque todavía no lo procese. Los hábitos pueden transformarse, “como lo han hecho los hábitos monetarios, por ejemplo. Antes todo se compraba con efectivo, y ahora se usa la tarjeta. La población busca un cambio de paradigma; pero uno no puede volver con toda la basura a su casa si no tiene dónde tirarla”. March cree que en la posibilidad de que los ciudadanos reorienten sus hábitos para generar menos residuos y, así, contaminar menos. “Con campañas de difusión, y trabajos de campo antropológico, con entrevistas y encuestas, pueden analizarse las costumbres de la gente y proponer alternativas”, sugiere. Las consecuencias del maltrato ambiental –expresión del desprecio humano que señala Moffat– están a la vista: aire, agua y tierra contaminada, olores y enfermedades. El hombre, inevitablemente, comienza a hablar de algunas consecuencias de sus planificaciones ambientales o sociales cortoplacistas. Porque las ve delante de sus ojos. A pesar de negarse a observar la realidad con métodos de avestruz, llega un momento en que el agujero donde se oculta no es lo suficientemente hondo; en algún momento se filtra lo que sucede afuera. Actualmente, en los medios el recalentamiento global es un tema del que todos hablan: deforestaciones, contaminación industrial, entre otro, ocupan la agenda. La basura es tal vez el problema más cotidiano, y con el que todo ciudadano se encuentra. Tal vez una de las mejores metáforas también de los grandes problemas de contaminación, y el paradigma que los sostiene. Hay esfuerzos mínimos, propuestos por algunos entrevistados, que podría realizar todo ciudadano, antes que caer en la visión apocalíptica de sus imposibilidades: la separación de residuos, la presión al gobierno y a las empresas para que existan más productos reutilizados y reciclados. Y, por sobre todo, una nueva conciencia acerca de los residuos que cada uno produce; tal vez lo más revolucionario sea buscar ese cambio de concepto, una transformación del modo de pensar la basura y la utilidad de las cosas. |